Después de una mirada profunda y tranquila
cualquiera es digno de perder la noción del tiempo.
Es posible que el estado sinvergüenza sea buscado,
pero alivia cuando se siente que fue casual.
Después de comenzar a sentirte libre
viene lo mejor.
Ahora
es cuando la mirada se convierte en fija
pero no profunda.
Empieza el juego de lo roses,
los suspiros al oído,
los movimientos inútilmente calculados,
las risas incoherentes
y los labios apretados.
Luego
el juego de quien da el último beso,
las caricias en la cama
y todos lo miedos por un segundo olvidados.
Cuando todo se acaba
volvemos a las sabanas que tapan vergüenzas
y a las manos que no tocan
por miedo a ser rechazadas.
Volvemos a la adultez,
como si nunca hubiésemos jugado juntos.
Cada uno en su asiento.
Cada uno con su taza.
Nos miramos de lejos y reímos.
Cada uno marcando la distancia.
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