viernes, 4 de noviembre de 2011

Esa mesita de madera

Una mesita perdida en el tiempo
que apareció para hacerme sonrojar.
Parada en baldosas 
que sintieron los pasos de miles de personas,
reflejada en espejos 
de innumerables reflejos,
y aun así habia algo que me hacía sentir única,
aunque tenga claro que no lo soy.
Es que esa mirada 
con la ventana regalando la luz de la calle
con la cual se iluminaban esos ojos
no puede ser imitación,
ni tampoco es posible que se repita.

El impulso que mató el silencio
paradójicamente me deja sin palabras.
Y aunque a veces quiera gritar,
hay cosas que el tiempo
me enseño a callar.

Esa tarde marcó el principio de no se que
y el final 
de uno de mis deseos.
Yo no se que va a pasar,
ni que espera que pase.
La única certeza
es que ese bar, esa mesa, esa voz y ese beso,
nunca van a dejar de formar parte de mi,
no podría ser de otra manera.
Las calles de San Telmo ya no van a ser simplemente eso,
ni mi boca volverá a ser la misma para besar.
Porque todo se acumula,
cada cosa vivida deja una marca,
y ésta, sin dudas,
es de las que no quiero olvidar.

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